01 febrero, 1995

Aran Islands



Me encuentro esta foto de Irlanda, en 1995, que denota mi fatal atracción por el vacío y mi falta de sentido del vértigo. De ahí que en el espectáculos literarios denominado El cielo de Salmanca, en las campanas de la Pontificia (2007), en la fachada de San Esteban (2006) o en los tejados de la Catedral (2004), me pogan siempre en lo más alto. Mi falta de sentido del vértigo.
"Cuanto más alto más dura la caída": también tengo la foto de mis botas sentado ahí en el borde pero carece de interés tanto como esta otra. La cosa está en que no hay que darle tanta importancia al vacío, vivimos sobre él. Me acuerdo de un verso de "Tiempo robado":

acaso no sientes la Tierra bajo tus pies?,
no sientes el planeta moverse hacia cualquier dirección vertiginosa?

Siempre me ha gustdo mucho esta foto.

15 agosto, 1994

Entre la nada y el día

So me interessava obedecer à stranha ordem: caminhar para a frente!
Cláudio Aguiar : A volta de Emanuel


.I.

No sé que sucede exactamente
cuando es de noche y uno se pierde.

Menos aún cuando amanece
y las escasas farolas
se apagan y te dejan entre la nada y el día.

Sólo veo los signos:

Al principio todo queda entre tranquilo y desierto,
entre desnudo y cruel;
Luego pasan las horas y comprendes que no amanece,
que te encuentras en un claroscuro inerte
y aunque avanzas por las calles las calles
no avanzan por el tiempo.

Han pasado ya cuatro horas
desde que la primera farola
comenzó a apagarse,
desde entonces he recorrido cientos, miles, de farolas
que declinaban ante el principio del día que se ha quedado sólo en eso. Seis,
diez horas deben haber pasado
desde que dejé la casa (y la dejé a ella)
y sigo andando, la vida me obliga a vagar hacia el día,
y aquí no amanece.


.II.

Voy vagando por las calles de esta ciudad
a la que nunca llego;
ya no sé que hora es, mi reloj se ha parado,
ni el tiempo ni las explicaciones dan ya de sí.


Yo sigo andando, intento gritar por romper el miedo
y la docilidad de estas calles no me deja, ni me deja
el leve aire que mueve las hojas de sus paseos.

Mientras tanto no amanece.

Han debido pasar cien mil calles y mil horas,
he debido pisar ya doscientas colillas viejas
y centenares de hojas secas que al romperse no suenan.
Pero mis pies no se cansan,
ni mis pies ni el principio del alba que perdura
y perdura insaciable.

He debido morir n veces
aplastado por este aire que no cuenta nada,
que no lleva nada en sus alas,
ni un signo de desesperación
ni un guarismo ni nada.

He debido rezar tantas veces
por parar un momento
y sentarme en la acera a mirar a las aves...

Porque en amaneceres como éste
las parejas de mirlos matan a sus crías,
por eso quiero pararme
y cerrar los ojos a este horror sin límite.

Sin embargo no aminoro mi huida
y me persigue este alba
mitificada y undosa.

No sé más, sigo sólo este signo
que en millones de horas
depara sólo más calles en su ritmo obsesivo,
más pálidas luces y sombras,
de este día que no perdono.
15 de agosto de 1994
Publicado en Viento del Nordeste

05 junio, 1994

Libro Homenaje a Guillermo Morón

En febrero de 2010 encuentro este poema ¿cuento? en un archivo viejo. Lo publiqué hace años y años (cuento con los dedos: 15) en el libro homenaje a Guillermo Morón (Carora, Venezuela, 1926) de la pontiy no había vuelto a leerlo desde entonces: qué sorpresa (el tono, el vocabulario, la velocidad). Aquí lo dejo, para propios y extraños.
Otra historia para Francisco

Francisco M. sabía ahuecar muy bien la voz
cuando quería,
hasta dar miedo incluso sabía.

No dejaba avanzar la desidia
ni una cuadra más, por donde tú y yo sabemos
que antes paseaban los pachucos con su cara aguerrida,
con su risa altanera, escandalosa,
y su cara de memos con guantes.

Francisco decidió alejarse de aquello
para fabricar telares en las llanuras de la Atlántida.
Luego, meses después,
pasó a dedicarse a la siembra de cierta planta aborigen
de propiedades ingratamente asombrosas.

(Francisco, el cuentista de Francisco,
iba persiguiendo
anhelos inexistentes
como quien deshace una porción de sí mismo para buscar algo nuevo.)

Yo dudo de si alguna vez Francisco,
tras catalogar cada brizna del Amazonas
y dedicar largos meses
a la interpretación del canto de las aves migratoas,
sentía una desaforada pasión
por los canchales de la frontera oceánica,
una leal propensión a deshacerse del tiempo que todo lo ataca,
o ambas cosas.


Luego Francisco, después de los trigales,
los canchales desaforados,
las brisas aéreas
que recorren el Amazonas y la Atlántida,
adquirió un viejo coche,
a módico precio,
y visitó las inmundas ciudades
con expresión enamorada y abstracta,
para observar a los hombres que emergían,
esporádicamente, de los suburbios,
las torres alzadas como bloques herméticos,
la mirada lejana de un niño que pintó un ratoncito
y tantas cosas...
practicando el tiempo por probar de todo.

13 de junio de 1994

27 abril, 1993

Gastón Baquero


Homenaje a Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1918-Madrid, 1997) en la Universidad Pontificia.
Gastón era un tipo afable que nos hablaba con cariño, de una forma muy cercana. La foto, junto a Raúl está tomada en la puerta de la Pontificia el día del homenaje en el Aula Magna.

Su estilo, su escritura, me impactó y me sirvió de mucho. Escribí un poema buscando ese tono suyo y se publicó en el libro Celebración de la existencia (tremendo título...), que se publicó en 1994 como resumen del evento. Recuerdo divertido que Pepe Santolaya me envió el libro a Irlanda. En el sobre ponía: "Laureado Poeta Don Fernando Díaz San Miguel". Aquí os dejo el poema, extraño como un pájaro, ahora que vuelvo a leerlo, pero que me gusta por eso mismo:

COLUMNA DE FUEGO

A Gastón Baquero; y a su gato

La columna de fuego que ante mi se yergue
es pálida; parece una forma estática
que no atendiese a la palabra
o a los otros combustibles.

Pero al acariciarla... parece morir de placer o rabia,
implosiona sordamente y se abre al mundo
como flor súbita.


La flor
que tengo ahora entre mis manos,
parece del mágico salón de no sé qué palacio aristocrático
por el que nadie pasa
—sus estancias
son limpiadas tres veces por semana, no obstante—.

Pero al susurrar
la palabra amor sobre sus pétalos...
se marchita de miedo
y entre mis manos, desecha,
se desvanece hacia el suelo en forma de polvo.


El montoncito de polvo azulado
que en el suelo observo,
no inmuta su gesto cuando sobre él canta el viento,
no aparece siquiera desordenado,
desigual e imperfecto.

Pero cuando mi lágrima, sin querer, se derrama en su centro...
arde espontáneo y crece, sin miedo,
en una columna;
una columna de fuego.

Salamanca, 3 de marzo de 1994